La vida espiritual no es sólo experiencia, es también actuación, entrenamiento, aprendizaje, hábito. Hay un cultivo
de la vida espiritual. Y hay también ayuda, relación de ayuda.
Hemos dicho que la necesidad espiritual se exacerba en las
situaciones críticas. Es toda una paradoja, porque éstas son
aquellas en las que más nos encontramos débiles, abatidos
y sin fuerzas. Esto explica que en ellos precisemos con frecuencia de ayuda. Es lo que cabe llamar la ayuda espiritual.
Las religiones han monopolizado tradicionalmente ese tipo
de ayuda.
Había “directores espirituales”, y en las crisis de la
existencia las religiones han instituido sus particulares “ritos
de paso”, los denominados en la tradición cristiana “sacramentos”, tradicionalmente entendidos, sobre todo algunos
de ellos, como “auxilios espirituales”.
Hoy la ayuda espiritual no puede, para la mayoría de
las personas, entenderse así, ni quedar constreñida a tales
límites. Lo que se busca no procede ex opere operato sino ex
opere operantis. Quien ayuda es una persona, que también
puede hacer lo contrario, incluso sin clara conciencia de ello.
No es fácil auxiliar, y menos espiritualmente. Freud, desarrollando una sugerencia de Ferenczi, estableció un principio
que se cumple de modo indefectible. Este principio dice que
nadie puede ayudar a otro a resolver un problema que él
no tenga previamente resuelto. “Un hombre anormal, por
muy estimables que sean sus conocimientos, no podrá nunca
ver sin deformación, en el análisis, las imágenes de la vida
psíquica, pues se lo impedirán sus propias anormalidades”.
Al socaire de la ayuda se puede hacer mucho daño. La ignorancia e inmadurez en este ámbito del cuidado espiritual
es tan enorme, que las pretendidas ayudas son las más de
las veces perjudiciales. Eso explica que en ámbitos donde el
tema preocupa, la inquietud por aclarar el sentido de la ayuda espiritual sea grande y, además, reciente. Los cuidados
paliativos intentan ayudar en situaciones muy críticas de la
vida. Comenzaron por lo que es más sencillo, ayudar técnicamente, mediante el buen manejo de los valores instrumentales (analgésicos, otros productos que permiten controlar
síntomas), y dentro de los valores intrínsecos, el que también resultaba menos conflictivo, el bienestar. No es poco. Pero
ha bastado el logro de esa meta, para caer en la cuenta de
que el total care y el total support exigen más, exigen la
gestión correcta de los valores espirituales. Y eso es ya mucho más difícil. ¿Por qué? Porque primero hay que poner
en claro de qué hablamos al referirnos a ese tipo de valores.
Y después, porque antes de poder ayudar a los demás en este
tipo de valores, los más profundos, los más elevados, los más
sensibles de la existencia humana, tenemos que ponernos
en claro nosotros mismos sobre ellos. Lo cual no puede, en
principio, darse por supuesto.
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